Pastor Ariel Romero López Blog
¿Cuál es nuestro papel cuando nos encontramos cara a cara con Jesús? Si nos detenemos en el relato bíblico donde una mujer agradecida, al estar ante el Señor, “quebrando el vaso de alabastro, se w lo derramó sobre su cabeza” (Marcos 14:3), podemos comprender que nuestro rol es el de ser «ministradores de Jesús». ¡Y qué privilegio es saber que todos podemos aprender a serlo!
Hoy, así como ayer, el Señor tiene un lugar preparado para nosotros a su mesa… y hay un lugar reservado particularmente para ti. Ya que Él nos colma de tantas bendiciones, es un honor para nosotros poder impartirle un gozo constante mediante nuestra entrega.
Pero, surge una pregunta en el corazón: ¿será que realmente podemos nosotros, siendo tan pequeños, impartirle algo de valor a Aquel que es el dueño de todo?
JESÚS MINISTRADO
En los Evangelios vemos a Jesús, la mayor parte del tiempo, sirviendo a los demás. De hecho, Él vino principalmente a dar su propia vida en rescate por muchos. Sin embargo, durante su caminar terrenal, el Señor también experimentó la necesidad de ser ministrado por otros en su humanidad, especialmente en los momentos más difíciles, al acercarse el tiempo de su muerte.
He aquí varios casos en los que el Maestro fue ministrado de diversas maneras, y de los cuales podemos aprender lecciones preciosas:
A) AL PRINCIPIO DE SU MINISTERIO: Fue ministrado por ángeles después de la tentación. “El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían” (Mateo 4:11).
B) DURANTE SU MINISTERIO: Fue servido por las mujeres que, con amor, ponían sus bienes a su disposición. Menciona la Escritura a “Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes” (Lucas 8:3).
C) AL FINAL DE SU MINISTERIO: En su última semana de vida, hubo tres incidentes en los cuales vemos que el Señor permitió ser ministrado y fue confortado por lo que otros le brindaron:
- Buscó el calor de la amistad en Betania, en casa de sus amigos María, Marta y Lázaro.
- Recibió la fortaleza de un ángel en el Getsemaní. “Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle” (Lucas 22:43).
- Recibió el ungimiento del alabastro. “Vino a él una mujer, con un vaso de alabastro de perfume de gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él, estando sentado a la mesa” (Mateo 26:7)
¿QUÉ PODRÍA NECESITAR DIOS?
¿Alguna vez has pensado que Dios no necesita nada? ¿Que Él es tan completo que no requiere de ti? Es verdad que Dios, en su esencia, es autosuficiente, pero en su amor, Él necesita a alguien. No busca cosas, sino personas; porque el amor, por naturaleza, necesita a quién expresarse, a quién dar y de quién recibir en una experiencia relacional profunda.
A veces, nuestro problema humano es que no sabemos bien cómo dar o recibir amor verdadero. Nos frenan los prejuicios: el miedo a cómo se sentirá el otro o cómo nos veremos nosotros. No permitamos que esas barreras nos impidan ministrar a nuestro Señor.
EL ALABASTRO
Jesús no vio con malos ojos que aquella mujer invirtiera algo de gran costo en Él, aunque algunos lo llamaran «desperdicio» (Mateo 26:8). Él enseñó que, aunque siempre habría necesidades que atender, era propio y hermoso honrar al Maestro e invertir en Él.
La obra de Dios nunca se detendrá, eso es cierto. Pero te invito a que aproveches cuando Jesús «pasa delante de ti» —cuando sientes su presencia cerca— y le brindes siempre lo mejor de tu vida (Génesis 4:4).
UN REGALO ÚNICO
Hace un tiempo, en una fiesta de Navidad, vi a un amigo que no tenía muchos recursos. En el intercambio de regalos, le entregó a su cuñada una hermosa escultura hecha a mano por él mismo. Era una pieza única que cautivó a todos. Ella era una mujer que lo tenía todo, y él no tenía casi nada. Pero sus palabras fueron inolvidables: “¿Qué se le puede dar a una mujer que lo tiene todo? Solo pude hacerle esta escultura”.
Así es nuestra relación con Dios. No lo impresionamos con la cantidad, sino con el corazón y el esfuerzo con que le damos, con el gusto de ofrecerle algo que nace de nosotros.
LOS HIJOS IMPARTIENDO AL PADRE
Muchos llegamos a la iglesia cada domingo esperando que Dios nos ministre. Buscamos respuestas y anhelamos su toque. Pero hay una dimensión más allá: la de dar.
En Hechos 13:2 leemos que, mientras los profetas y maestros “ministraban al Señor y ayunaban”, el Espíritu Santo habló. Esto nos enseña que antes de recibir, debemos tener la intención de dar. ¿Será que a veces no somos ministrados poderosamente porque hemos invertido el orden de nuestro encuentro con Él? Recordemos que “más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35).
Pensemos en la relación de un padre con su hijo. Aunque el padre cuida al niño, ¡cuánto gozo y motivación recibe del pequeño! De igual forma, nosotros despertamos emociones en Dios.
- Él nos anhela celosamente (Santiago 4:5).
- Nos rodea con cánticos de liberación (Salmos 32:7).
- Se mueve a misericordia al vernos (Lucas 10:33).
- Nos cuida como a la niña de sus ojos (Zacarías 2:8).
¿CÓMO PODEMOS MINISTRARLE HOY?
Podemos impartirle gozo al Señor de diversas maneras:
- SERVIR EN SU TEMPLO: Estar delante de Él para bendecir su nombre (Deuteronomio 10:8; 1 Samuel 3:1).
- DAR EN SU OBRA: Nuestras ofrendas son como olor fragante ante Él (Malaquías 3:10; Filipenses 4:18).
- ALABAR Y DAR GRACIAS: Entrar en sus atrios con gratitud (1 Crónicas 16:4; Salmos 100:4).
- HACER ORACIÓN: Nuestras oraciones son como incienso en copas de oro ante su trono (Apocalipsis 5:8; 8:3-4).
PROVOCADORES DE UNA SONRISA EN DIOS
Finalmente, hay tres cosas que reconfortan el corazón del Padre:
- UNA CONDUCTA RECTA: Presentarnos como sacrificio vivo y santo (Romanos 12:1).
- DISCIPULAR A OTROS: Cuidar de sus ovejas es una prueba de nuestro amor por Él (Juan 21:17).
- OBEDECER SU PALABRA: Pues el obedecer es mejor que los sacrificios (1 Samuel 15:22; Isaías 66:2).
Querido hermano, ¿qué sentimientos provocamos en Jesús? No seamos de los que contristan al Espíritu (Efesios 4:30), sino de los que, como la profetisa Ana, no se apartan de su presencia sirviéndole día y noche.
Ministra a Jesús hoy. Cántale, adórale y bríndale ese «fruto de labios que confiesan su nombre» (Hebreos 13:15).





